Yérgome estatua en cada alba.
Bien noble me resulta el sol de cada este,
pues en su luz se proyecta el negror
de mi silueta. Escucha:
llevo de piedra blanca negro el interior,
soy sola por dentro y el mismo sol lo sabe.
Ésa: luz que ensombrece mis ojos minerales.
Vengo al día encumbrada por la alquimia,
me corona el laurel.
Enhiesta la cabeza, ciega al mundo,
oigo al que lee mi cuerpo.
Yo me yergo y proclamo mi figura.
Yo nada sé si no me dicen desde
fuera. Son las estrellas del ignoto mundo
los tambores, la calle de los hombres,
quien soy.
Yo nazco en cada vez mi piedra presa
por encima del tiempo. Se extenderá la voz.
Abarcará los soles por encima de mí.
Soy efigie perpetuada.
DIÁLOGOS DEL CONOCIMIENTO